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Vida al límite

9 de Diciembre de 2016

De chica dividí mi tiempo entre Punta Hermosa y San Bartolo. Recuerdo que mis primeras juergas de adolescente fueron en El Silencio. En esa época tenías que decirle a tu mamá cualquier cosa para que te dejara salir. Creo que Lima era más juerguera y liberal, pero a la vez más inocente. Si bien, obviamente, existían drogas y las veías, era algo más bohemio. O jalabas o fumabas o chupabas, no había más.

En esa época no me interesaba mucho lo que dijeran de mí. Estaba claro que no era el prototipo de chica normal de Lima, ni con los pensamientos ni con los gustos habituales. Obviamente exageraban porque todo lo diferente asusta. ¿Qué hace una chica rubiecita, que debería estar en su casa o estudiando, practicando box o manejando moto en la calle?

Hice tantas locuras en la playa que ya no recuerdo. Por ejemplo, paraba con un amigo que también estaba “mal del cerebro”, por así decirlo. Íbamos en su moto, cuyo acelerador funcionaba jalando una pita, porque estaba malogrado. Y, para colmo, no tenía luces. Cuando íbamos de noche lo abrazaba de la cintura con una linterna y así nos íbamos al kilómetro 43. La verdad es que nos hemos podido matar.

En esa época era más común tirar dedo y, encima, elegías con quién te ibas. A veces me iba en carro y salíamos con mis amigas, tan borrachas que nos quedábamos a dormir ahí mismo. Todo por ahorrar y no alquilar un hotel. Nos cambiábamos en el mismo carro y nos tirábamos en la orilla a seguir durmiendo mientras nos bronceábamos.

Evidentemente no tengo el mismo ritmo de esos años, pero tampoco he parado. En año nuevo me metí la bomba, ¿y qué? Me gusta salir y seguro me verás ir a una discoteca, y no sé si cuando tenga 50 me provoque seguir haciéndola y me cague en la nota o tal vez me aburra porque sí. La verdad es que no he cambiado mi esencia.

De joven nunca pensé en parar la mano. Pero quizás sí consideré la idea cuando, en 1996, recibí un balazo, porque vino seguido con el hecho de que comencé a salir con el papá de mis hijos y, a poco menos de un año, salí embarazada. Ahí bajé mis revoluciones que, para serte franca, eran la mitad de lo que hacen las chibolas de ahora. Todo el mundo hacía lo mismo.

Aquella vez estaba en la playa y mi pata se puso a caminar de manos porque, simplemente, le provocó hacerlo. Y el otro chico le dijo algo por molestar. Mi pata, que no era tan chibolo y era de San Bartolo, dijo: “¿A él que le importa lo que yo haga?”. Entraron en una discusión, y el otro, que si era chibolo, tuvo que demostrarle al mayor que no era un huevón. Entonces le metió bala. Y claro, me cayó a mí, en la espalda. Felizmente me quedé todo el tiempo consciente. Me operaron y me extirparon un pedazo de colon. Encontraron al autor del disparo; pero como era hijo del viceministro de Defensa de ese entonces, ahí quedó todo. Se llamaba Danfer Suárez Petrucelli.

Todo eso me llevó a tranquilizarme un poco por mi familia. Y como me sacaron parte del colon me prohibieron un montón de cosas, entre ellas tomar.

Al verano siguiente alquilé una casa con mi pataza, que terminó volviéndose el padre de mis hijos. Si bien seguíamos yendo a la playa, ya era diferente con él y mi hijito de un año. Estábamos todo el día en la playa, nos íbamos a casa de amigas que tenían piscina, o la mayoría de gente se quedaba en mi casa.

El que pudo vivirlo en los ochenta y noventa disfrutó mucho más el concepto de playa. El contacto con la naturaleza, hacer deporte, vida sana. Incluía su tronchito, pero esa también es vida sana. En el mar la vida es más sabrosa.

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