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A favor o en contra de las votaciones obligatorias

15 de Diciembre de 2016

A favor del voto obligatorio

Gabriela J. Oporto Patroni

 

Un sábado sin poder ir a nuestro bar de cervezas artesanales preferido y beber, y beber hasta morir. Un domingo en el que no se puede ir al teatro o el cine y en el que solo se puede escoger entre soportar tráfico y colas infernales, o pagar una multa que, pese a no ser muy elevada, puede impedirnos realizar cualquier trámite con el DNI, como cobrar un cheque.

 

Todos estos sacrificios que se nos imponen solo sirven para escoger a un puñado de impresentables que no tienen la menor idea de lo que puede y debe hacerse en el gobierno, ni cuentan con planes inteligentemente diseñados a largo plazo y, encima, arrastran los mismos problemas de toda la vida: corrupción, desprecio por los derechos humanos, ignorancia, hipocresía, y un largo etcétera.

 

No podemos olvidar que, con nuestros impuestos y durante el tiempo que ocupen el cargo, les pagaremos un sueldo que puede llegar a los veintidós mil soles mensuales, en el caso de los congresistas. Aunque no se trate de una cifra exorbitante, la indignación viene a nosotros si pensamos en cómo se desempeñarían estas personas fuera de la política, ya que es evidente que nadie les pagaría tanto.

 

En serio, ¿quién podría estar a favor del voto obligatorio? ¿No es mejor acaso que solo vayan a votar quienes realmente lo desean, están interesados en hacerlo y, como manda la razón, han buscado la información necesaria para decidir sabiamente a las personas que tomarán las riendas de esta bizarra nación?

Idealmente, sí. Esa debería ser la regla. Pero nuestro país, lamentablemente, tiene una serie de problemas que hacen necesaria la figura del voto obligatorio. Para empezar, incentivar la participación ciudadana es vital para abandonar nuestra tradición de golpes de Estado. Sin contar a Fujimori, que desde el 92 alteró la continuidad democrática, apenas hemos tenido tres elecciones presidenciales consecutivas (2001-Toledo, 2006-García y 2011-Humala). Para una nación que se acerca al bicentenario, esta cifra es vergonzosa.

 

Además, la legitimidad de los funcionarios elegidos es importante para la democracia. Si la mayoría ha escogido a alguien como presidente, entonces esa misma mayoría no puede desconocer la decisión que ha tomado, por ejemplo, cuando esa autoridad elegida se olvide de las promesas de campaña (Ollanta, sigo esperando el balón de gas a 12 soles, eh).

 

Por último, es indudable que la mayoría de peruanos con edad para votar están desligados de la realidad política de nuestro país. Una reciente encuesta de Ipsos dio a conocer que solo el 28% de peruanos conocía los significados de los términos izquierda y derecha en política. Básicamente por estas razones, creo que nuestra débil democracia todavía necesita que nos obliguen a ir a votar.

En contra del voto obligatorio

 

Por Fernando González-Olaechea Troysi

 

 

Si votar no fuera obligatorio, posiblemente votaríamos mejor. Dudo que más, pero sí mejor. Quizá la falta de obligatoriedad se vería como una restricción, algo semejante a una prohibición aunque no lo fuera, y de inmediato, como a uno no se le puede venir a estar prohibiendo cosas a estas alturas del desarrollo social y espacial de la especie, se iría a votar. Y ahí empezaría lo interesante: ir a votar porque se quiere, no porque se tiene que evitar una multa.

 

Ocioso sería desarrollar toda la idea de la libertad y de que uno debe ser libre de hacer o dejar de hacer, que no se le debe forzar. Eso es más o menos conocido. Y además de conocido, cierto. Me inclino por explorar ligeramente otros aspectos.

 

Al no ser forzoso el voto, aquellos que no quieran votar como forma de rechazo a las propuestas vistas, darán su opinión de manera más honesta: rascándose lo que sea que les pique en la comodidad de sus salas ese domingo como cualquier otro. El ausentismo es una forma de decir las cosas, igual que el voto blanco o viciado –especialmente el viciado si viene acompañado de mensajes en muchos casos marcados por la procacidad o graficando vergamentas de diversa factura; ese puede ser motivo de otro texto o, mejor, de estudio–.

 

Porque pensar que el voto debe ser obligatorio porque es obligatorio, es pensar de manera tautológica. La democracia como sistema debe revisarse para mantenerse vigente. Un sistema –especialmente uno frágil como el democrático, aún más en una sociedad sin instituciones– que no se piensa de manera crítica, que está mineralizado, tiende a ser tomado por arcaico y caer en el desuso. O peor, a perder todo valor simbólico. Es decir, que nos importe un venerable rábano.

 

Subrayaré: los riesgos que se le pueden atribuir al voto voluntario existen ya con el voto obligatorio: que se compren votos, que se lleve a la gente a cambio de un plato de comida, que a las personas no les interesa votar. Todo ello ya ocurre. Si tenemos eso claro veremos que las posibles desventajas del voto voluntario ya las posee su versión obligatoria; sin embargo, no sucede lo mismo con sus méritos.

Al hacerse voluntario, el voto se volvería un acto vigoroso y los votantes que quieran ejercer su derecho lo harán habiéndose informado. Este trabajo de indagación, contrarresto, cuestionamiento y evaluación fortalecerá lo que Marco Aurelio Denegri llama la dentrura, es decir, el fuero íntimo de las personas, su mundo interior, y les permitirá alejarse del tedio que tan afín es con el tradicional cielo limeño.

 

El voto voluntario debe ir acompañado de otras medidas; por ejemplo y como bien ha escrito el abogado Alberto de Belaunde, con un voto anticipado, esto es, un mecanismo que permita que quienes quieran votar pero pueden tener dificultades para ello –viven en zonas alejadas o no haya infraestructura adecuada, entre otras cosas– puedan hacerlo antes. Los mecanismos que cortejen el voto voluntario los habrán de pensar los juristas y otros respetables señores que se dedican o deberían dedicar a eso, que no pienso usurpar trabajo ajeno ni decir hagan tal o cual, cosa tan desagradable y ajena a la virtud que practico, eso sí, sin mayor convicción.

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