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Una madrugada con Gustavo Cerati

23 de Septiembre de 2014

Mi historia con un famoso

Una madrugada con Gustavo Cerati

 

Mi primer recuerdo de Soda Stereo se remite al 20 de setiembre de 1997, día que cumplía nueve años, cuando fue El último concierto. Mis hermanas mayores suspiraban mientras lo veían por cable, y yo también. No iba a imaginarme nunca que diez años después, el 8 y 9 de diciembre del 2007, regresarían a Lima como parte de su gira Me verás volver, para tocar en el Estadio Nacional.

 

La noche del primer show fui sola y viví un concierto que me dejó maravillada. Ya en casa, le dije a Fernanda, mi hermana, que tenía que ir el domingo, a la segunda fecha, de todas maneras. Salimos ambas con mi mamá ese día al Jockey para comprar las entradas. Al regreso, yendo por Conquistadores, ya cerca de mi casa, propuse ir al Swissôtel, donde estaban ellos alojados. “Tengo una corazonada”, le dije a mi mamá. La convencí de que me dejara ahí y, además, para que no hiciera un gran papelón, me iba a esperar en el carro.

 

Entré bien fresca al hotel y vi en el lobby a Zeta Bosio y a Charly Alberti: “¡Chicos, son lo máximo!, increíble que sea el último concierto, me encantó, hoy voy de nuevo”, les dije toda emocionada. Zeta estaba tomándose un café, me tomé un par de fotos con él y empezamos a conversar. Y me mandé y les dije: “Voy a ir de nuevo esta noche, ¿qué van a hacer después?”. Zeta me propuso que vuelva en la noche, y le dije que iría con muy poca gente.

 

Luego les avisé a las amigas de mi hermana y quedamos. Esa segunda fecha fue también un éxito, con apagón en plena tocada. Sentí la vibra de la trinchera, sitio donde estaba, y fue otra cosa a comparación del primer concierto. Terminó y volamos al hotel. Solo nos quedamos Fernanda, su amiga Alessandra y yo, cuando apareció Adrián, el sonidista de Soda. Me acerqué y me dijo que iban a ir a un lugar ya confirmado, y me preguntó si estaba en carro. Así era. Ahí nomás apareció Gustavo, subieron a su camioneta él, el sonidista y uno de los tecladistas, y nosotros los seguimos. Al final Charly Alberti y Zeta se quedaron en el hotel. Estábamos con la adrenalina a mil, manejando detrás de ellos, cuando de pronto nos para un policía en la avenida Arequipa, porque el carro tenía lunas polarizadas. Nosotras estábamos preocupadísimas. “¡Qué roche!, se van a ir”, nos decíamos, pero no.

 

Fueron tan buena onda que se pararon detrás de nosotros a esperar que se solucione todo. Así llegamos a Nébula, y ellos entraron primero. El VIP nos dijo que era un evento privado, que no podíamos pasar, pero Gustavo volteó y dijo “Ellas vienen conmigo, no se preocupe”. Y entramos. Lo más curioso, aparte de la poca gente, era que había tres vedettes. Creo que una era Maribel Velarde. La reconocí por lo rubia y porque tenía un tatuaje bastante grande. El clima era el mismo de una fiesta retorcida de Andy Warhol en la famosa Fábrica, y la música era al estilo Velvet Underground.

 

Habían apagado las luces, toda era solo neón. Y Gustavo estaba sentado con un sombrero que parecía de copa, casaca de cuero y jean pegado. Nosotras tomábamos unas chelas mientras nos dejábamos envolver por la psicodelia del lugar. Él fumaba Marlboro rojo, y movía la cabeza con los ojos cerrados. Después de un rato se me cruzó a la salida del baño, le pregunté si la estaba pasando bien y me dijo “Sí”, escuetazo, y siguió de largo. Lo aluciné, pero no me lo dijo tajante sino más bien con una sonrisita que fue clave. Cuando estaba en la pista de baile pasó por mi costado, sentí su mirada, volteé y con sus lindos ojos celestes y miradita sweet me hizo salud, levantando su whisky. Me saludó y lo saludé igual. Serían la una de la mañana y, desde ese momento, no paramos de conversar hasta alrededor de las cuatro.

Yo tenía examen final de Publicidad al día siguiente —que era lunes— a las ocho de la mañana. Y yo le decía a Gustavo que me tenía que ir, y él empezaba a molestarme con su tonito argentino y se reía. “Eres increíble, encima sé que no me estás boludeando. Sos muy graciosa”, me decía.

 

Conversábamos muy de cerca, por el volumen de la música, y yo estaba encantada. Estábamos en la misma onda y nos entendimos con la mirada. Y así pasamos el rato, conversando, fumando —el fumaba como un animal—, hasta que recién me preguntó: “¿Cómo te llamás?”. “Eliana, ¿Y tú?”. Sonrió y me guiñó el ojo. Yo al toque le dije que aquí en Lima la gente no se aloca tanto con esas cosas. “Sal a la avenida Arequipa, toma un taxi y nadie te va a conocer. Solo te cobrarán un par de lucas más por el acento. Aparte, tampoco eres Michael Jackson”. Él se rió mucho. Ahí me contó que venía lo más que podía a Lima, de forma caleta, porque estaba tratándose con ayahuasca.

 

Y, de pronto, empezó a sentir incomodidad física. “Necesito sentarme, pero no sé dónde”, me dijo. Luego comentó que lo fastidiaba una pierna. “Creo que el cigarrillo ahora sí me agarró, eh. Se me acalambra siempre”, dijo textualmente. Para mí fue una bomba cuando me enteré del coma.

 

Antes de irme, como a las cuatro, Gustavo me pidió que me quede y propuso ir a comer algo,  yo me tenía que ir. Entonces, me dijo que la había pasado superbien, me abrazó, me agarró muy dulcemente la cara y con una de sus manos me levantó el mentón y me dio un besito. Fue algo muy suave, muy delicado, y fue suficiente. Me quedé parada y mirándolo, entre sorprendida y sonriendo, y me fui. Llegué a mi casa, y las cuatro horas que faltaban para el examen me las pasé con una sensación alucinante, divertida.

 

Sé que es un poco exagerado haberlo dicho todo en este texto, pero no soy groupie, no soy nada de eso. Me interesa y adoro la música, la vivo a diario y este momento fue una conexión perfecta, especial e intensa. Gustavo era un tipo hermoso y dulce. Estoy segura de que si le pedía su mail o algo hubiéramos seguido conversando. Hoy escucho Bocanada mientras voy a trabajar o cuando viajo a Órganos, caminando por la playa, oigo Fuerza  Natural. Tengo los más hermosos recuerdos, una peliculita linda grabada en mi cabeza, con el chico más bonito y tímido que haya podido conocer. Gustavo Cerati, rockstar, lindo y de lo más bueno como persona. Hoy, ¡te llevo para que me lleves!

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