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Todas las veces Pedro

23 de Septiembre de 2014

La niña bella

Soy un fanático de Pedro Suárez-Vértiz. A pesar de que odio la palabra fan. No me gusta, siento que me disminuye. Pero es la que mejor define mi sentimiento hacia la música de este gran compositor. Lo que más llamó mi atención de ella fue que, cuando era adolescente, lo que yo hacía era justo eso: adolecer. Adolecía de ideas, de seguridad, de objetivos. Era todo confuso y complicado. Todos me decían qué debía hacer y yo no comulgaba con nadie. Hasta que un día un pata del cole me regaló un disco de carátula amarilla y rosada. No tenía idea de quién era, pero al ponerlo en mi reproductor todo pareció estar ahí y muy claramente. Por fin un tipo que no buscaba clichés cursis, que no usaba la rima fácil, ni gratuitamente, que no me jodía con cantarle al amor como si el amor estuviera dentro de un cáliz mágico en un pedestal. Alguien que hablaba de tetas, de piernas, de sexo, de desazón, de nostalgia, de cosas reales, por fin, pero con ritmo y cojones.

Dos canciones me emocionaron y lo hacen hasta el día de hoy: La niña bella y Me siento mejor. La primera porque me recordaba a una chica que me rompió el corazón. La segunda porque me ayudó a olvidar a esa chica. Ambas ahora son inseparables. No hay una sin la otra. Frases como “De los recuerdos no hago leyenda, la nostalgia ya no me tienta, yo vivo en el hoy, ni en el ayer ni en el mañana estoy” deberían estar en las estrofas del Himno Nacional. No es joda. Firme.

Lo más especial para mí fue enterarme, ya de grande, que esa carátula de colores chillones pertenecía al muchacho que me cruzaba todos los días cuando era niño yendo a visitar a mi abuela, de la mano de mi madre, en la esquina de Alcanfores con Aljovín, sentado en un murito y con su guitarra en mano. Lo más paja de ir de mi casa en Larco hasta la calle San Fernando, era adivinar si me iba a encontrar o no con el músico, quien cada vez que pasaba me saludaba amablemente a mí y a mi mamá mientras yo —de 8 ó 9 años— solo miraba el aparato de madera que sostenía y que hacía unos sonidos muy agradables. “Ese señor es un músico”, decía mi vieja. “¿Y por qué lleva los pantalones pegados?”, preguntaba yo. “Porque los músicos hacen lo que quieren”, sentenció mi madre. Ya estaba. Yo quería ser como ese señor.

Quién diría que muchos años más tarde me aferraría a una canción de él para salir de una depresión amorosa y que le escribiría unas torpes líneas tratando de devolverle un poquito de todo lo que siento hizo por mí y seguramente por muchos peruanos. Pedrito, eres un crack. Gracias por tanto.

 

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