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¿Qué hubiese pasado si…

23 de Septiembre de 2014

Durante años habíamos arrinconado al perro peruano en la triste categoría de “perro feo”, pasando por alto su presencia en ceramios de distintas culturas preíncas, como Vicús, Mochica y Chancay. Si el “perro peruano” hubiese tenido pelo, hubiera sido un perro no más, a secas. No hubiera tenido chiste y sencillamente jamás nos hubiéramos enterado de su existencia.

 

Ninguneado hasta ese momento, el conocido como “perro chino” necesitaba un beneficio adicional, hasta que alguien reconoció sus propiedades curativas y este pobre perro recuperó su lugar en la historia. Alguien se encargó de hacer público que esta raza de perro, por tener el pellejo expuesto —o sea, por ser técnicamente lampiño—, había desarrollado una temperatura corporal tres grados más alta que la de los humanos. De pronto, el mal llamado “perro chino” se convertía en algo más que un perro, se transformó también en una bolsa de agua caliente.

 

Una mascota dócil, cariñosa y sociable que, además de hacer a las personas la vida menos solitaria, también ayudaba a luchar contra la artritis. Rapidito fue declarado “Patrimonio Cultural de la Nación”, igual que “El Cajón Peruano”, justo antes de que lo registren nuestros vecinos del sur como “Perro Chileno”. ¡Ufff! Se salvó del olvido y se volvió de pronto una mascota cool. Como el tallarín verde con bisteck, que antes era un platillo de diario y ahora es un plato gourmet; o como el “tocosh”, esa mazamorra que se consigue dejando podrir papas y que se consume en las zonas altoandinas del Perú y que, aunque apesta a mil demonios, como es curativa, se volvió intocable; el antes conocido y siempre feo “perro chino” se transformó en el exótico, cool y curativo “perro peruano”. Y sobrevivió. Por eso la característica más peruana de este animal es su condición de sobreviviente. Y es que si el perro peruano hubiese tenido pelo y, a pesar de eso, hubiera desarrollado el mismo recurso calórico de los pelados, se habrían terminado suicidando de calor.

 

Para terminar, recuerdo una historia que me contaron hace tiempo y que tiene como protagonista al perro peruano. Me dijeron que un muchacho surfer y fumoncillo de Pacasmayo, para financiar su vicio, vio en el perro peruano —por ese entonces todavía conocido como perro chino— lo que todo un país vería más adelante. Se dio cuenta de que esos perros calatos y feos con propiedades curativas eran como la maca o la quinua, muy apreciados en el extranjero. entonces decidió exportarlos. Pero el amiguito surfer no se iba a dar el trabajo de criar perros feos. Recogió perros callejeros pacasmayinos de todo tipo, edad y color y los rapó. Los tusó. Les quitó los pelos. Falsificó certificados de autenticidad, creó una página web ofreciéndolos como “Perros Medicinales del Inka” y poco tiempo después los vendió todos a ingenuos ciudadanos canadienses. Los reclamos llegaron tan rápido como les crecieron los pelos a los perros chuscos, y el surfer fumón se es-fumó.

 

Si el perro peruano hubiese tenido pelo, solo hubiese sido un perro. Si el perro peruano hubiese tenido pelo, esta historia tan peruana nunca hubiese existido.

 

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