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Un día con la mente más rápida del Perú

17 de Octubre de 2015

Se llama Arturo Mendoza y es capaz de resolver operaciones matemáticas más rápido que una calculadora. No en vano obtuvo el Récord Guinness y ha sido catalogado por National Geographic como una de las 300 mentes más veloces del planeta.

POR: JUAN PABLO LEÓN

LLEGUÉ 35 MINUTOS TARDE a la entrevista con Arturo Mendoza, récord Guinness en cálculo mental, un hombre capaz de resolver operaciones matemáticas imposibles sin parpadear. Uno que ha recorrido el mundo entero demostrando ser más rápido que una calculadora. Aquí en Perú es conocido como el ‘Einstein cholo’, el ‘hombre Excel’ o ‘calculón’, y los cambistas le tienen miedo porque no deja que lo engañen ni con 20 céntimos. Y para qué llegué tarde:
— Disculpa la demora…
— Son 35 minutos de retraso, equivalentes a 2,100 segundos, o 2’100,000 milisegundos
. Un ser humano habla un promedio de 120 palabras por minuto, así que hemos perdido la posibilidad de decir 4,200. Arturo Mendoza comenzaba a dejarme sin palabras cuando ni siquiera había comenzado la entrevista.

“¿Qué ocurre en el cerebro de un genio?”, me preguntaba en el taxi de ida. Albert Einstein recogía colillas de cigarros en la calle para preparar su pipa. Dicen que Charles Dickens se defendía de erizos imaginarios con su paraguas mientras recorría las calles de Londres. Que Salvador Dalí era un aficionado a las mascotas peligrosas. La esposa de Sigmund Freud, Martha, elegía su ropa y pañuelo de bolsillo y hasta ponía la pasta de dientes en su cepillo. Andy Warhol llamaba a su amigo y colaborador Pat Hackett todas las mañanas relatando las actividades del día anterior en detalle.

Arturo Mendoza no tiene cábalas. Desayuna tres panes con huevo frito y un café, usa el transporte público, prefiere el frío que el calor, tiene un smartphone, paga sus deudas. Es un peruano promedio. Ninguno de sus hábitos –ni siquiera hace deporte– lo ayudó a convertirse en una de las mentes más rápidas y brillantes del mundo. Pero es una licuadora al momento de procesar los números, un agujero negro que devora placas de auto, teléfonos, edades, medidas, distancias, proporciones, precios, volúmenes, áreas y kilos. Le busca números a la vida, y vida a los números.

Me pregunta:
— ¿Qué día naciste?
— El 10 de agosto de 1986.
— Fue un lunes, ¿no?
— ¡Sí, lunes!
— Hasta hoy has vivido 29 años con 23 días. O 348 meses. O 1,516 semanas. O 10,615 días.
— ¿Cómo lo haces?
— Mi mente funciona más rápida que otras. Por ejemplo, puedo decirte que si vivieras hasta los 90 años, te quedan de vida unas 3172 semanas.
— Eso es poco tiempo…
Relativamente. El hombre no vive mucho. Hay que saber aprovechar cada día.

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Y Arturo Mendoza me seguía dejando sin palabras, y con un destino incierto. Mi cita con él fue en el colegio Saco Oliveros, una institución que enseña bajo el sistema helicoidal, una metodología de enseñanza por niveles, que va desde formas intuitivas de pensamiento hasta el razonamiento más complejo. Una enseñanza rítmica y cíclica. Igual que la lección que le tocaba enseñar esa mañana. Hay que estar en una de sus clases para ver cómo se convierte e un showman al momento de contagiar a sus alumnos el gusto por las matemáticas. Estira los brazos, abre los ojos, zigzaguea entre las carpetas, brinca, corre, y nadie le quita la mirada.

"Así como las letras se conjugan para formar palabras diferentes, los números son infinitos y tienen significados infinitos. Cuando menciono el número 8, se puede conjugar ese número y hasta podría dictar una clase completa solo con este digito. Ocho es: 5+3, 4+4, 4x2, 7+1, 2+2+2+2, raíz cuadrada de 64, 10-2, 8x1, 3 al cuadrado menos 1, 4 al cuadrado entre 2. Así como asociamos las palabras e ideas para expresarnos, los números también se asocian en el cerebro para poder resolver algoritmos, y otras fórmulas que necesitamos para resolver problemas. Hay que conocer el significado de los números para tener respuestas rápidas, inmediatas y variables. Pero ojo, vayan despacio. En un día no podemos echarle todo el alimento de la semana al cuerpo, sino hacerlo gradualmente. Igual es el cerebro, se alimenta gradualmente. Si presionas el estómago, te da indigestión. Si le metes mucha información al cerebro, este la rechaza, las neuronas tienen un sistema de autodefensa. Todo tiene que proceder en su tiempo".

Los veintitantos alumnos lo persiguen con la cabeza, no se pierden ni una palabra suya. A ninguno le interesa saber la hora, o cuánto falta para el recreo. Arturo saca de su maleta un soroban —ábaco japonés—, un objeto utilizado durante miles de años por algunas culturas orientales para desarrollar la habilidad para resolver operaciones. Ahora este campeón mundial lo utiliza para enseñar a sus niños a dominar las matemáticas. Sumas de dos, tres, cuatro, ocho, diez dígitos, que a cualquiera de nosotros los adultos nos daría pánico, son como juegos en este salón.

Arturo Mendoza nació en Piura el 4 de julio de 1971. Cinco años después, sus padres advirtieron que podía resolver cualquier operación matemática mentalmente y en segundos. Sucedió en el negocio que tenía su familia. Una noche su mamá sacaba cuentas de la venta del día, y trataba de sumar una enorme columna de números. El niño Arturo, sin tomar apuntes, le lanzó la cifra exacta, como quien mete un gol de media cancha sin respirar. Su mamá, minutos después, comprobó la respuesta y quedó con la boca abierta. Había nacido una mente brillante. En el colegio y la universidad, su talento se mantenía a raya, ya sea para evitar llamar la atención o por falta de estímulos. Fue cuando salió de la universidad que encontró dónde explotar su don: el taxi. No había pasajero que se salvara de los juegos mentales de este genio. Los dejaba perplejos cuando escuchaban los días que habían vivido hasta esa fecha, los latidos que sus corazones habían dado en todo ese tiempo, las calorías que consumieron esa semana, la cantidad de dinero que podrían ganar hasta que se mueran.

— Algunos de los prodigios como tú sufren algún tipo de trastorno de personalidad, como autismo o Asperger. ¿Tú no?
— Efectivamente hay muchos. Un ejemplo es el reconocido Jerry Newport, amigo mío además, quien inspiró una película sobre su vida. Pero yo no tengo ninguna enfermedad.
— Pasaste de ser taxista a tener un Guinness en cálculo mental. Esas historias no se ven muy a menudo.
Dejé el carro porque quise explotar más mi talento. Saqué  del cofre lo que tenía guardado. Ubiqué al calculista español Alberto Coto, quien me habló del Guinness y del Campeonato Mundial de Cálculo. Todos me dijeron que para concursar debía tener un nuevo récord.
— Ese nuevo récord era sumar mil números en el menor tiempo posible…
—Lo hice en 53,5 segundos, 15 segundos menos que el mismo Albert Coto, anterior campeón mundial de cálculo mental.

Esa mañana comprobé que Arturo Mendoza es más rápido que una calculadora. Lo llevé a una pizarra para exprimirle el cerebro y ver hasta dónde podía llegar. Comenzamos con sumas entre números de tres dígitos: pan comido. Seguimos con multiplicaciones entre números de cuatro dígitos cada uno, y podía ver cómo mágicamente aparecía la respuesta debajo de la línea trazada, como si ya la supiera por anticipado, como si nos hubiera leído la mente. Lo mismo pasaba cuando resolvía sumas de cinco números de diez dígitos cada uno, con raíces cuadradas y potencias. Yo tardaba el doble de tiempo en comprobar con calculadora si las respuestas eran ciertas. En otros casos el resultado en la pizarra tenía más dígitos que los que entraban en la pantalla digital. No había caso.

Hace un año, National Geographic lo seleccionó entre las 300 mentes más brillantes del mundo para el reality Supercerebros, uno de los retos más difíciles que enfrentó el piurano en toda su vida. Frente a más de 10 cámaras grabando vivo y un numeroso público (véalo usted mismo en YouTube), debía resolver 24 raíces cuadradas exactas de 6 dígitos para poder abrir seis cajas fuertes digitales, dispuestas de forma aleatoria por todo el set de televisión. Tenía que hacerlo máximo en tres minutos y sin apuntes. Lo hizo en 2’57’’ sin parpadear.

— ¿Qué pasa en el cerebro de alguien que se devora los números?
— No lo sé. Hace unos años, en Alemania, me llevaron a un laboratorio para hacerme pruebas de velocidad mental. Me pusieron un montón de chupones en la cabeza para ver hasta dónde podía llegar mi mente. Nunca me enviaron los resultados.
— ¿Qué sientes cuando te enfrentas a una operación matemática?
— Sed, ansiedad. Una angustia por llegar a la respuesta final. Tiendo a apretar las manos una contra la otra como si estuviese amasando algo. A veces transpiro.

Por la noche, Arturo Mendoza me permitió verlo entrenar. “Así como algunos ejercitan sus músculos, yodebo ejercitar mi mente todos los días”, explica. En vez de máquinas de gimnasio o pistas de atletismo, este hombre se sienta frente a una computadora con un software instalado que lanza operaciones enormes y que mide tiempo y exactitud de los resultados. Hace solo unos años, era su esposa la que arrojaba las operaciones en un pizarrón, con un cronómetro en la mano. Gracias a la tecnología, su preparación es mucho más minuciosa y exigente.

Arturo entrena con música. Hoy ha elegido los soundtracks de Rocky I, II y III. Cuando suena El ojo del tigre, el dispositivo dispara sumas, continúa con multiplicaciones, divisiones, raíces cuadradas y series de números para memorizar. Arturo resuelve todo. Es un momento épico donde la máquina y el hombre quedan empatados.

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