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El hombre anti corrupción

15 de Diciembre de 2016

En la habitación se encuentran Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos. El ex presidente tiene el rostro desencajado. Un cartel de “Se busca” pende sobre su cabeza. El asesor lleva puesto un traje a rayas de presidiario. Ambos lucen empequeñecidos. Insignificantes. Los dos conviven en la oficina de José Ugaz. Uno en un afiche. El otro como un muñeco de vudú.

Las personas reales, las de carne y hueso, están en prisión. Sus encierros son obra, en buena parte, de Ugaz. En sus 14 meses en la procuraduría desmanteló la red de corrupción fujimontesinista. Abrió procesos judiciales a 1500 implicados en actos de corrupción y repatrió 75 millones de dólares robados al Estado. Unos meses intensos. Y necesarios.

 

El 2000 fue un año políticamente turbulento. En mayo, Fujimori gana las elecciones de manera, por decir lo menos, suspicaz. En las calles miles protestan por la anticonstitucional re-reelección, pero el tercer mandato parece encaminado a cumplirse. El 14 de setiembre se difunde el primer vladivideo. En la grabación se ve a Montesinos comprar al congresista opositor Alberto Kouri con montañas de dólares. Dos días después, Fujimori convoca a nuevas elecciones.

En ese agitado clima, José Ugaz recibe la llamada de Alberto Bustamante. Es su amigo. Fue su profesor. Y en ese momento es ministro de justicia. Le ofrece ser su asesor para capturar a Montesinos. “Eres el único penalista que conozco y en quien confío. Ayúdame”, le pide. Al día siguiente Bustamante lo llama nuevamente. Han aparecido 48 millones de dólares en Suiza. Ugaz le aconseja que haga una conferencia de prensa. El ministro aclara que primero tiene que hablar con Fujimori. Al regreso le da la razón. Pero con una variante. Quiere que él sea el procurador anticorrupción.

“Fujimori estaba en una situación muy delicada y autoritaria, pero privilegié el capturar a Montesinos. Tenía clarísimo que era una persona muy negativa y había que hacer algo para que fuera sacado del escenario político. Quería contribuir a que vaya preso”.

Ugaz acepta en el acto. No le consulta a su familia. Tampoco piensa en las consecuencias. Ni en qué oficina va a trabajar. O qué sueldo va cobrar. Simplemente se embarca. Luego ubica a sus dos socios. “Si crees que tienes que hacerlo, hazlo”, lo apoyan. Convoca a sus amigos César Azabache y Luis Vargas Valdivia como parte de su equipo. También a alumnos y abogados muy jóvenes. Gente de su confianza. A partir de ahí no habrán fines de semana. Solo se dedicará a descubrir la corrupción, que está mucho más enquistada de lo que cree.

 

En la primera reunión con Fujimori, Ugaz le exige tener autonomía. El presidente se lo promete. También le pone un guardaespaldas. “Nunca le tuve confianza a ese policía. No hablaba delante de él. Eso sí, quería irse de viaje conmigo”.

Al acabar la conversación se abren las puertas. Ugaz se sorprende al ver a varios periodistas. El presidente los había llamado. “Era como decir: acá tengo al penalista conocido”. Fujimori anuncia que Montesinos va a ser arrestado. Asegura que ya tiene orden de captura. “Salí muy ofuscado. El asesor no tenía orden de captura, ni siquiera una denuncia. Era una total mentira”.

Ugaz decide convocar a una conferencia de prensa en su estudio de abogados. Su angosto local de la calle Independencia en Miraflores está repleto. Empieza con un “quiero aclarar que el presidente ha dicho esto y recién vamos a iniciar las investigaciones, Montesinos aún no tiene…”.

“Ugaz desmiente a Fujimori” titula la prensa de oposición al día siguiente. El presidente se indigna. Llama a Bustamante. Le pide la renuncia del procurador. El ministro llama al penalista. Lo cita en su casa. Lo hace entrar por una puerta trasera. Todo muy sospechoso, como en una película de espías. “Como estaban pasando cosas raras me puse una grabadora en el bolsillo, no sabía que iba a pasar”.

Bustamante le dice que el presidente le ha pedido su renuncia. Solo tenía seis días en el cargo. No solo por haberlo desmentido, también siente que lo amenaza cada vez que Ugaz dice “caiga quien caiga”. El procurador accede. Bustamante le dice que no. Que él también renunciaría si lo despiden. El gobierno está tan debilitado que no se puede dar el lujo de perder un ministro. Fujimori rectifica a ambos en sus cargos.

 

En el Perú siempre hubo corrupción. Esa es la hipótesis inicial de trabajo. En esos primeros días la procuraduría se apoya en lo hecho por los periodistas de investigación. Llama a Uceda, Gorriti, Edmundo Cruz, Ángel Páez, Cecilia Valenzuela. Le dan cantidades de información. La procesa. Presenta las denuncias. “Al comienzo se burlaban de nosotros, decían estos procuradores solo presentan recortes periodísticos. Pero ahí estaba la información”.

Una de las primeras acciones del equipo fue reunirse con una magistrada del gobierno suizo. Le explican sobre los 48 millones de dólares, que se encontraban en cuentas de testaferros de tres bancos en Zúrich. Al poco tiempo le devuelven el dinero.

Ugaz toma un paleógrafo. Pega papelitos con los implicados. Nota que esto no es un caso aislado. Que el poder judicial está intervenido. Que hay varios congresistas tránsfugas. Que la fiscal de la nación está comprada. Se abre frente a él otra dimensión. Una organización criminal. Una red delictiva. La hipótesis de trabajo cambia completamente.

 

Montesinos había grabado sus mafiosas maniobras en video. El de Alberto Kouri fue el primero en propalarse. Y existían muchos más. Fujimori lo sabe, así que manda un falso fiscal y militares de Palacio de Gobierno a allanar la casa de playa de Montesinos. En el inmueble están la esposa e hija del asesor. Los enviados del presidente buscan en cada rincón, sin encontrar nada. Están a punto de irse, cuando la cónyuge le dice que tienen otro piso arriba. Suben y rompen la puerta. Hay 80 maletas negras, todas repletas de video. El capitán a cargo notifica al presidente del hallazgo. Este le ordena que lleve el material al grupo aéreo número ocho. Fujimori se encierra una semana entera a ver videos.

“El presidente desea devolver las maletas pero el juez no quiere recibirlos hasta el lunes”, le dice Bustamante por teléfono a Ugaz. El procurador le aconseja ponerlos en una bóveda. Y que un notario anote lo entregado. Cuando los registros audiovisuales ingresan al poder judicial, no se sabe cuántos fueron sustraídos por el presidente. Los vladivideos nunca pasaron por la procuraduría.

 

A Ugaz le llega un audio con la voz de Roberto Escobar. Este asegura que oyó una llamada donde Fujimori conversa con su hermano Pablo. El presidente peruano le agradece al narco colombiano por el millón de dólares que puso en su campaña. El procurador se queda pasmado. Llama a sus adjuntos y entre los tres deciden revelarlo.

Hacen una conferencia de prensa. Anuncian que le abrirán una investigación al presidente. “Estaba en una situación apretada. Investigaba al que me había nombrado”.

A los pocos días Fujimori viaja a Brunéi para participar en la cumbre APEC. Desvía el avión hacia Japón. Desde ese país manda un fax. Es su renuncia. “Por la radio escuché que el presidente se había ido. Llamé a Bustamante para preguntarle qué pasa. No lo encontré. El gobierno se fue en masa”.

 

Por qué un abogado de prestigio deja todo para investigar uno de los casos de corrupción más grandes de nuestro país. Por qué cambiar la vida confortable en el estudio para involucrarse en un asunto por demás peligroso. Por qué alguien de familia acomodada se preocupa tanto de las personas de condición precaria. “Creo que la gente viene con un ADN. En mi caso siempre tuve sensibilidad por la justicia. Un día salí a la calle y vi lo que vemos todos los días. Me pareció que estaba mal”.

De padre dentista y familia aristocrática –y no muy política– la primera acción social de Ugaz fue en su colegio Santa María. Organizaba visitas a escuelas públicas de Villa El Salvador. “Buscaba que mis compañeros se conecten con la realidad. Algunas fibras moví”. En su penúltimo año escolar formó parte de un movimiento juvenil católico. Le resultó atractivo porque se hablaba de justicia y pobreza. Pasó 12 años yendo a Comas, Villa El Salvador y Pamplona. Terminó como líder de esa agrupación.

De su época universitaria en la PUCP recuerda que no tenía notas altas ni bajas. Sí que era popular y amiguero. Fue delegado de clase, fiscal de la facultad de derecho y el único representante estudiantil ante el jurado electoral, donde se codeaba con el rector y los decanos.

“Siempre me he considerado de izquierda, pero nunca fui radical. Podía hablar con unos y otros. Es más, todos mis amigos eran de derecha. Me llaman caviar, porque vengo de una clase social acomodada”. 

Lo primero que hizo al egresar fue montar un consultorio jurídico gratuito en la iglesia Santísima Cruz de Barranco.  A la par practicaba en una oficina legal. Su jefe Guillermo Bettocchi notó que trabajaba bien. Le propuso ser su socio. Ugaz tenía 25 años y ningún sol en el bolsillo. Pero su nombre estaba en el frontis de la oficina.

Cuando su jefe emigró a España, no solo le dejó el estudio de abogados a su cargo, también su cátedra en la universidad. “Eso me salvó. Como en la PUCP no hay vocación penal, los demás profesores me pasaban casos de ese tipo. Aparecía también algunas veces en televisión y eso me posicionó”.

El ser mediático hizo que el Estado lo llamara. En 1993 fue designado procurador del caso Zanatti. En el 94 del caso CLAE. En el 97 del caso INABIF. “El procurador era el último pinche en el sistema de justicia. Nosotros levantamos mucho su figura. Ahora pueden pararle el macho al presidente”.

En el 2000 fue designado para el caso Montesinos, que luego se convertiría en el caso Montesinos-Fujimori. “Marta Chávez salió en RPP y dijo que le parecía muy bueno que me hayan nombrado. Los fujimoristas creían que iba a ser complaciente. Es que nadie se imaginaba como iba a ser. Ni yo mismo sabía lo que iba a hacer”.

 

El 2000 es un año turbulento para Ugaz. Su rutina es demasiada intensa. Viaja mucho. Busca dinero en otros países. Se reúne con diversas autoridades. Prepara denuncias. Se queda despierto hasta las 2 o 3 de la mañana. Al día siguiente se levanta temprano. El poco tiempo que le queda se lo dedica a sus hijos pequeños.

Pero ese agitado ritmo parecía haber acabado. Ugaz renuncia. Después de todo, aquel que lo nombró estaba prófugo en Japón.  El nuevo ministro de justicia García Sayán le pide que se quede. Le asegura que Valentín Paniagua, el presidente transitorio, confía en él.

Recién con este mandatario firma un contrato entre su estudio de abogados y el Estado. Se regula cuánto le van a pagar y dónde va a trabajar. Hay una cláusula donde se especifica que el procurador “ha recibido 20 mil dólares, los que serán entregados al ministerio”.

Este confuso incidente sucedió a los 15 días de haber asumido el cargo. Un edecán del ministro de justicia apareció en la oficina de Ugaz. Le dejó a la secretaria un sobre de manila. Al abrirlo vio que contenía 20 mil dólares en efectivo. “No era la forma de dar recursos del Estado”. Junto a sus adjuntos decidió depositar el dinero en el banco. No volvieron a tocar la plata. Hasta que con el nuevo gobierno al fin pudieron devolverlo. 

En la era de Paniagua le asignan un equipo de seguridad importante. Doce hombres cuidan de él y su familia. Recorre las calles en un auto blindado que fue incautado a Montesinos. “No tenía ni tiempo para pensar en el peligro. Creo la clave fue el ritmo, la velocidad en que nos movimos. No les dimos tiempo para reaccionar”.

En ese periodo la procuraduría investiga a unos generales. Estos ganan 2.00o o 2.500 soles. En sus cuentas aparecen 3 millones de dólares. Hay uno que asegura que consiguió el dinero vendiendo limones. Evidentemente es un asunto turbio. Lo investigan. El sábado en la noche meten presos a 14 generales. Al día siguiente Ugaz tiene el doble de seguridad. “Ahí sí pensé que no lo contaba. Cualquiera de esos podía venir y tirarme un balazo”.

Hubo también un peligro latente, que el procurador recién descubrió varios años después de dejar el cargo. En el 2011 le vende su auto a un amigo que trabajaba en Palacio de Gobierno. Cuando lo prueba escucha un ruido raro. Al inspeccionarlo, en el taller mecánico encuentran una bomba pegada. Aún estaba operativa. O el que la puso se arrepintió o el control remoto que la activaba no funcionó.

 

Ugaz fue procurador durante 14 meses. Uno y medio con Fujimori, ocho con Paniagua y tres y medio con Toledo. Dejó el cargo porque sentía que había cumplido un ciclo. Además, los socios del estudio le pedían volver. Su adjunto Luis Vargas Valdivia asumió el puesto.

Pero el ex procurador no ha dejado de luchar contra la corrupción. Fue presidente de Proética. Funcionario de la unidad anticorrupción del banco mundial en Washington. Miembro de Transparency International, organización que hace un año preside.

Ahora su vida la divide entre su estudio de abogados, de dónde saca el dinero para subsistir, y sus actividades como presidente de Transparency Internacional, cargo ad honorem. Viaja a la sede principal en Berlín unas 3 o 4 veces al año. También dicta clases en la facultad de derecho en la PUCP. Y para relajarse va al gimnasio y baila salsa.

El cargo que ostenta le ha dado una visión más global de la corrupción. Piensa que esta ha evolucionado por la globalización. Que se ha convertido en un animal diferente, que mueve miles de millones de dólares. Pero hay una diferencia entre lo que se vive en el Perú y en otros países.

Lo notó en una conferencia que realizaba en una universidad de España. Mientras intercambiaba opiniones, un hombre le dijo que en este país hay escándalos de corrupción todas las semanas, pero que a un español no se le ocurre dar 10 euros a un policía.

“La ciudadanía en países como Japón, España o Estados Unidos no ha normalizado la corrupción como algo cotidiano. Aquí hasta es gracioso coimear. Es una forma de vida. Por eso el reto en Perú es doble. Implica transitar a una cultura de integridad. Y ese proceso educativo toma tiempo”. Acaso el cambio de cada ciudadano sea la receta para no volver a tener una red delictiva en el gobierno. Para no volver al año 2000.

Por Oscar García Meza

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