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Un día con un anoréxico

29 de Diciembre de 2016

Nadie es taba en situación de poder pasar, ininterrumpidamente, días y noches como vigilante junto al ayunador; nadie, por tanto, podía saber por experiencia propia si realmente había ayunado sin interrupción y sin falta; solo el ayunador podía saberlo, ya que él era, al mismo tiempo, un espectador de su hambre completamente satisfecho.

Llego en ayunas a mi cita con Víctor Gutiérrez, un joven de 24 años seguro de que la comida es su gran enemiga. Lo encuentro en el rincón de una peluquería mientras soporta el asedio de un fotógrafo que le  dispara sin compasión; la escena me hace recordar al “artista del hambre” de Kafka, que lucía sus huesos y su decaimiento en una jaula. Víctor lleva cerca de tres años con síntomas claros de lo que los manuales llaman anorexia nerviosa. No es un joven lánguido y pálido, más bien parece uno de esos punks ingleses de los ochenta, con las púas afiladas en la cresta, las cruces de la bandera del Reino Unido en la camisa y una timidez desconfiada frente al mundo.

Acaba de terminar su jornada de trabajo como responsable del aseo en un edificio. Tres veces por semana se encarga de poner orden en el shut de basuras, limpiar las paredes y dejar las baldosas con el brillo que les gusta a las señoras de Medellín. Estamos cerca del mediodía, y Víctor me confiesa su devoción por las botellas de agua: “Ya me he tomado tres hoy, el agua es mi amiga”. El agua no solo le ayuda a “eliminar” —como me dice con una sonrisa—, también usa la botella como una especie de amuleto: la abre, da un sorbo, la cierra, la voltea, la mira. Víctor está nervioso, soy la segunda persona con la que se atreve a hablar de su enfermedad, que es al mismo tiempo su sueño: “Voy a llegar hasta 45 kilos, estoy seguro… Y estoy dispuesto a llegar a extremos”. Las farmacias se han convertido en los sitios para su sentencia de cada semana: “Les hablo a las básculas antes de meterles la moneda, son otras de mis enemigas, pero yo les digo: ‘Me tienen que ayudar, ayúdenme por favor’”.

 La última vez la báscula marcó 58. Las básculas son frías, despiadadas.

Luego de una hora de conversación, cuando mi estómago comienza a interrumpir la charla con sus gorjeos, le propongo a Víctor que salgamos a comer algo. De inmediato impone sus condiciones: “Una fruta, sería la único”. Salimos en busca de un frutero de esquina y me cuenta sus primeros pasos en el arte del hambre: “Al grupo de baile entró alguien gordo y yo me empecé a ver en él. Yo lo miraba y pensaba: ‘Estoy igual de gordo’. Y no hay bailarines gordos, los gordos se ven feos”. Ser bailarín profesional es su sueño. Pertenece a la banda Imperio Musical de Antioquia desde hace dos años y me repite una frase vieja para justificar sus martirios: “El cuerpo de un bailarín es un templo”.

El frutero me ofrece leche condensada para mi salpicón y Víctor frunce el ceño. Me niego a semejante ataque de calorías para no herir susceptibilidades mientras mi compañero de almuerzo ya pelea con el pedazo de papaya que le despacharon: “Muy grande, esto me dura todo el día”. Mi invitado mastica con desgano, un mordisco será el desayuno y otro como almuerzo. Muy pronto la papaya vuelve a la bolsa y el pequeño nudo que la guarda refleja lo que pasa en su estómago: “Me gusta comer, pero ya mi cuerpo no lo acepta mucho”, me dice. Él mismo se encargó de hacer ese nudo en su estómago con métodos que encontró en Internet: “Una cucharada de aceite o vinagre antes y después de las comidas sirven para imponer el vómito. Luego el cuerpo se acostumbra, crea su propio rechazo”. Al regresar a la peluquería, el olor del almuerzo hace que Víctor mire con asco hacia al interior de la casa que acoge el local.

Cuando me voy, la papaya luce sus dos mordiscos a los pies de una virgen mexicana. Le señalo a Víctor la extraña ofrenda y me responde con una confesión: “Lo más seguro es que se me olvide y se quede ahí”.

Muchas cosas parecen pelear en el cuerpo y el destino de Víctor, situaciones y marcas que se enfrentan y se repelen. Una sigla en su piel llama mi atención, las letras RXN están escritas con descuido en el dorso de su mano izquierda. Es la típica seña de tinta china y compás de un hincha adolescente:

“Me lo hice como a los 12 años, yo era un loco pequeño, ahora lo primero que escondo es la mano para que no se me vea”. Las letras son el emblema de batalla de la Rexixtenxia Norte, la barra más combativa, bullanguera y humeante del Deportivo Independiente Medellín. Un pasado algo grotesco para quien pretende la delicadeza y la armonía de un bailarín. Unas alas cerradas tatuadas en su espalda sirven de contrapeso a esa “cicatriz” escolar:

“Están cerradas pero espero que se abran cuando sea bailarín profesional. Para eso necesito bajar, llegar a mi meta”. También sus “oficios varios” de las mañanas y su sueño de bailarín suponen extremos perfectos para el drama. Igualmente, su papá y su mamá se han comportado como imanes negativo y positivo luego de que Víctor hizo visible su condición homosexual. La relación con su papá se cortó definitivamente mientras su mamá sigue siendo la mujer amorosa y alcahueta de siempre. “Me he apartado de la familia, porque estar en la casa significa comer, en mi casa no tienen ni idea, mi mamá me dice que estoy flaco y yo me hago el bobo”. Huir de la comida significa huir de la gente, esconderse, recluirse.

Luego de su trote y su trabajo en las mañanas, de su almuerzo con una fruta y su gimnasio en las tardes, Víctor acostumbra irse a un centro comercial a oír música hasta la noche. “Los audífonos también son mis amigos”. Un hombre solo, rumiando sus obsesiones en una mesa de un centro comercial; un hombre que no oye y se hace invisible rodeado por el murmullo de una multitud.

El caso es que cierto día, el tan mimado artista del hambre se vio abandonado por la muchedumbre ansiosa de diversiones, que prefería otros espectáculos. El empresario recorrió otra vez con él media Europa, para ver si en algún sitio hallarían aún el antiguo interés. Todo en vano: como por obra de un pacto, había nacido al mismo tiempo, en todas partes, una repulsión hacia el espectáculo del hambre.

Y si alguna vez surgía alguien, de piadoso ánimo, que lo compadecía y quería hacerle comprender que, probablemente, su tristeza procedía del hambre, bien podía ocurrir, sobre todo si estaba ya muy avanzado el ayuno, que el ayunador le respondiera con una explosión de furia, y, con espanto de todos, comenzaba a sacudir como una fiera los hierros de la jaula.

Salvador Palacio es el director de la Fundación Gorditos de Corazón. Pasó de la obesidad mórbida a la anorexia, salió bien librado de los extremos y decidió que iba a ayudar a las personas con desórdenes alimenticios. Luego de verlo en televisión, Víctor decidió contactarlo. Desde hace un año ha sido su consejero y confidente.

Salvador le habla desde una orilla distinta a la de los médicos.

“Yo no me relaciono bien con los médicos, y los nutricionistas son mis enemigos, ellos están para recetar comida”, dice Víctor. La anorexia es una especie de dictadura ejercida por la mente en contra del cuerpo. El dictador es obsesivo y perfeccionista, su instrumento de castigo es el remordimiento. Víctor se ha convertido en un lector de etiquetas compulsivo: “No como nada que venga en un paquete antes de leer toda la letra menuda”. También los ojos sufren su parte en medio de las rutinas de la anorexia.

A mediodía llamo a Víctor para cuadrar un segundo encuentro y me contesta con el desdén del recién levantado: “Dale, nos vemos un rato en la noche, pero corto, he pasado mal y tengo como pereza”. También el sueño se ha convertido en uno de sus amigos.

La debilidad lo empuja a la cama y la siesta es cada vez más un desmayo.

El primer día que nos vimos se comió un helado en la noche y reaparecieron las voces conocidas: “Estás gordo, estás gordo, estás gordo…”. En ocasiones el remordimiento lo hace llorar y ni siquiera el vómito le entrega la tranquilidad acostumbrada.

Nos vemos en la noche. Víctor está con un amigo de la banda que no sabe de sus manías de hambre. La anorexia es hermana de la mentira y la simulación, y Víctor me dice que podemos hablar por los laditos. Los invito a tomar una cerveza para probar su resistencia frente a las benditas calorías del alcohol. Nos bogamos la primera y ofrezco la segunda. Ahora piensan en el guaro y deciden tomarse su cerveza con un doble que hará las veces de submarino.

Tapa azul o tapa roja, le pregunto pensando en su régimen de calorías:

“Lo que sea, eso es lo mismo”.

Al día siguiente, Salvador me habla de la alcohorexia, un desorden que acompaña el hambre con la botella. El alcohol sirve para ablandar los remordimientos y provoca el vómito sin necesidad de esfuerzos, se combina el placer que produce y la liviandad luego del vómito. Durante las cervezas Víctor me dice que siempre le ha gustado el aguardiente, que lo desconecta, le permite alejarse de la rigidez que impone su pesadilla. Los dos jóvenes hablan de sus planes para compartir un apartamento en Sabaneta y de la posibilidad de un trabajo en una funeraria. Me olvido de que estoy hablando con un enfermo, también Víctor parece olvidarse de lo que ha llamado “su infierno”. Una ensalada o una sopa deben lidiar con los guaros y las cervezas. Su prenda será más rápida y más luminosa, y su guayabo, más severo.

Salvador ha logrado que Víctor se haga consciente de su enfermedad pero no de los riesgos: “Sí, en ocasiones me siento enfermo. Tengo gastritis y tomo Omeprazol. A ratos me duele mucho el estómago y eso me hace pensar que lo estoy haciendo bien.

He visto videos con anoréxicos en etapa terminal, pero eso son ellos, yo voy a llegar a 45 y paro”. El placer ante el dolor, la necesidad de atención y el antídoto de la conmiseración son parte de los nutrientes que sostienen a los anoréxicos. Una ensalada, una fruta o una sopa en el día y un jugo en la noche hacen que Víctor logre levantar a su pareja en los ensayos de baile. Su cabeza le dice que sus alas se abren mientras su cuerpo las cierra. Una fila de seis carros de mercado rebosantes podría alimentarlo durante un año. Su cuerpo todavía luce sano frente a su familia y sus amigos. Ante el espejo, otro enemigo declarado, sus ojos ven a un gordo sin la voluntad suficiente.

—¿Ayunas todavía? —preguntole el inspector—. ¿Cuándo vas a cesar de una vez?

—Perdónenme todos —musitó el ayunador, pero solo lo comprendió

el inspector, que tenía el oído pegado a la reja.

—Sin duda —dijo el inspector, poniéndose el índice en la sien para indicar con ello al personal el estado mental del ayunador—, todos te perdonamos.

—Había deseado toda la vida que admiraran mi resistencia

al hambre —dijo el ayunador.

—Y la admiramos —repúsole el inspector.

—Pero no deberían admirarla —dijo el ayunador.

—Bueno, pues entonces no la admiraremos —dijo el inspector—; pero ¿por qué no debemos admirarte?

—Porque me es forzoso ayunar, no puedo evitarlo —dijo el ayunador.

Tomar agua es lo que más disfruta Víctor, no solo en el gimnacio. Durante la jornada de esta crónica, una papaya le sirvió de desayuno y de almuerzo.

Víctor trabaja en el aseo de un edificio en Medellín. Le gusta oir música para desconectarse, los audífonos son más que “unos amigos”.

Por Pascual Gaviria

Fotos: Felipe Bohórquez

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