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San Martin y sus cartas

14 de Diciembre de 2016

Antes de marcharse del Perú, José de San Martín se dirigió al Congreso para mostrar su compromiso con la República. Aseguró que si un día lo requería esta patria, él volvería para defenderla como un ciudadano más. Ostentaba el cargo de protector del país, había proclamado la independencia, liberado a los esclavos de vientre, fundado con sus libros la Biblioteca Nacional y hasta, se dice, sembrado un árbol que todavía persiste en un parque de Lima. Y aquella mañana de 1822 ofreció la posibilidad de su retorno para garantizar la libertad.

Casi treinta años después, San Martín recibió cartas del presidente del Perú que lo invitaban a rememorar y le proponían regresar. Le contestó.

Corría el año de 1848, y en Francia había estallado una revolución. José de San Martín vivía con su familia en París, donde imperaba el caos. Ellos decidieron dejar su casa para instalarse en el norte, lejos de la sangre y la muerte. Era un abuelo que buscaba proteger a sus nietas de cualquier amenaza; y con ellas, su hija Mercedes y su yerno se dirigió Boulogne-sur-Mer, en las costas del Canal de la Mancha.

San Martín tenía setenta años de edad y libraba una de sus últimas batallas: la enfermedad. Padecía de gota, sobrellevaba mal sus problemas estomacales y se estaba quedando ciego.

El 30 de agosto de 1848, llegó a manos de José de San Martín la primera carta de Ramón Castilla. Para entonces, su gobierno había establecido escuelas estatales y terminaba de afrontar una rebelión de esclavos. Nuestro país seguía en ebullición, como un organismo que intenta consolidar su primera etapa de crecimiento. Castilla no se limitó a relatar su carrera militar, sino que fue más allá: ofreció a San Martín una pensión y lo invitó a entablar una relación epistolar.

El correo postal tuvo una enorme popularidad hasta el siglo pasado. Las leyes protegían su inviolabilidad, mientras consolidaban su puntualidad. La correspondencia ha viajado por aire, mar y tierra; y desde 1847, sellada con las estampillas que se inventaron ese año. Ignoro con que timbre habrá embellecido San Martín la carta que mandó a Castilla, aunque sus palabras de respuesta son de dominio público.

El 11 de setiembre de 1848, José de San Martín escribió sobre su vida para Ramón Castilla. Recordó las épocas de la independencia y su autoexilio en Europa, además de argumentar sobre el París de la revolución. Sus páginas terminan así:

Esta carta es demasiado larga para un jefe que tiene que ocuparse de asuntos de gran tamaño: en las subsiguientes tendré presente esta consideración. Al demostrar a usted mi agradecimiento por los sentimientos que me manifiesta en su carta, reciba usted, mi apreciable general, mis votos sinceros porque el acierto presida todas sus deliberaciones, permitiéndome al mismo tiempo la honra de titularme amigo de usted.

¿Cómo se veía ese hombre que sintetizó su vida en unos papeles y retribuyó los gestos de amistad de un presidente?, el mismo que llegaría a plantearle una doble exigencia: devolver trofeos de la patria. Existe un daguerrotipo de San Martín tomado justamente en 1848.

Lleva bigote en esa imagen fotográfica, con la cabeza inclinada a un costado y las canas acomodadas hacia un lado. Su semblante es severo y enjuto. Viste de manera formal, con camisa blanca de cuello alto. Su ropa es elegante, aunque parece vieja. Está intacta la gallardía de aquel héroe que tantos pintaron en juventud con uniforme azul y galones dorados, con moda patilluda y el cabello sobre la frente. Digno, a pesar de las carencias económicas.

Ramón Castila le contestó el 13 de noviembre de 1848, con la confirmación de que la oficina de Hacienda reconoció una deuda nacional con San Martín. Avalaba una pensión y agradecía el relato de su vida, también le proponía volver:

Con gusto vería la elección que hiciera U. del Perú para pasar en él de un modo tranquilo, y en medio de verdaderos amigos, el último tercio de su vida, si se resolviese a dejar la Europa, teatro de escándalos y desorden.

Le propuso a José de San Martín que partiera hacia el Perú, el cual gozaba de prosperidad y se encaminaba a pluralizar la libertad. Pudo ser la oportunidad de un retorno triunfal, colmado de agasajos; no obstante, él se negó a raíz de la inestabilidad en Francia y el deterioro de su visión. No pensaba abandonar a su familia por un lugar que ya ni podría ver.

Bajo las mismas formas cordiales con que el presidente ofreció pensión, al comienzo, y vivienda, luego, en su carta del 26 de mayo de 1849 especifica de nuevo al protector lo que debía restituirle al Perú. Insistió así:

En mi carta del 13 me tomé la libertad de llamar la atención de U. sobre otro diverso e importante objeto: hablo del estandarte de Pizarro y del expediente de Santa Rosa de Lima, que cuando U. se retiró del Perú llevó consigo, como recompensa más distinguida a los servicios que U. había prestado a esta República.

[…] creo que U. recibirá con agrado mi indicación y se servirá decirme su opinión y última disposición respecto al estandarte de Pizarro y expediente de Santa Rosa que creo deben volver a esta República.

Demandaba el retorno de dos bienes legendarios y simbólicos. Y yo busqué durante años la carta de respuesta de San Martín, el documento que revelara su posición ante aquella instrucción, o su rechazo e indignación. Creí que no existía, y que el protector del Perú nunca contestó.

Escribo estas páginas porque, luego de tanto, ubiqué esa carta en un libro de 1908. La publicación tiene un título sin misterio: Castilla y San Martín, y la comunicación es del 15 de julio de 1849, cincuenta días después.

Antes de encontrar la carta de respuesta, imaginaba que San Martín no tenía lo que pedía Castilla. Fue sencillo confirmar que el acta de canonización de Santa Rosa siempre estuvo en el Arzobispado de Lima y la otra copia, en el Vaticano. La historia tras el célebre estandarte con que Francisco Pizarro entró al Tahuantinsuyo para su dominación es casi una leyenda, y merece su novela.

El Cabildo de Lima consignó en un acta de 1822 que ese estandarte “no se enarbolará jamás en el Perú”. Pasó a San Martín como muestra de gratitud, “libres del yugo español por la protección de V. E.”.

José de San Martín llevó a Chile, Argentina, Inglaterra, Bélgica y Francia esa pieza de tela que lo acompañó hasta su muerte. En su testamento, lo destinó al Perú, y por ello fue entregado a nuestra embajada en París.

Hoy, el mentadísimo estandarte está desaparecido; pero la carta no. San Martín, sin ahondar en explicaciones, le dijo a Castilla:

[…] le remitiré copia legalizada de los documentos que justifican el modo como este estandarte vino a mi posesión.

Por lo respectivo al expediente de Santa Rosa de Lima, ignoro absolutamente todo lo relativo a este particular.

En su párrafo final, le recuerda que sus deseos para él son “siempre los mismos”, que termine su periodo presidencial feliz y próspero.

Cuando Ramón Castilla leía la última carta de José de San Martín y cerraban con esta su relación epistolar, la salud del protector del Perú degeneraba todavía más. Hacía veinticinco años que no pisaba América y falleció al cabo de unos meses. Un comunicado oficial señala que murió en los brazos de su familia, con la “calma del justo”.

La última carta de San Martín a Castilla no abandonó el tono amigable y generoso que sostuvieron desde el comienzo, a pesar de la indicación extremada del presidente. Tiene la nobleza sincera y firme de una buena despedida, no solamente entre dos personas sino también de la vida. Tremenda vida.


 

Juan Manuel Chávez (Lima, 1976). Candidato a doctor por la Universidad de Valencia, es autor de novelas, libros de crónicas y ensayos. Traducido al inglés y al italiano, su obra narrativa se ha publicado en Perú, México, Colombia, España y EE. UU. Destacan sus publicaciones Ahí va el señor G y Latinos y otros peregrinos (crónicas que incluyen su trabajo de fotógrafo).

 

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