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Inocencia Interrumpida

3 de Noviembre de 2016

Cabitos, para muchos, es solo una estación más de la línea 1 del Metro de Lima, a pocos pasos del óvalo Higuereta. Lo que muchos ignoran es que su nombre homenajea a cinco jovencitos que defendieron a morir el suelo peruano durante la Guerra del Pacífico.

De hecho, a mitad de ese óvalo hay un monumento de bronce que los retrata en postura de guardia y sosteniendo el pabellón nacional. Quienes pasan por el convulsionado cruce de las avenidas Aviación, Tomás Marsano, Benavides y Paseo de La Castellana seguro lo han visto, pero desconocen por qué está ahí.

 

 

Tras la victoria en Chorrillos de la tropa chilena, su avance continuó hacia el noreste de nuestro país. Nicolás de Piérola, entonces responsable de las fuerzas peruanas, cavó zanjas de 2,5 metros de profundidad y 7 metros de ancho, y en ellas ubicaron las piezas de artillería y a sus operarios. Varios eran soldados peruanos reagrupados que habían combatido en San Juan y Chorrillos; otros eran civiles que se habían preparado para la batalla todos los días después del trabajo.

Entre los muchos ciudadanos que ingresaron al bando nacional con experiencia nula en el arte de la guerra estaban los alumnos del colegio Guadalupe. A su corta edad abandonaron las aulas para empuñar un fusil y cambiar el uniforme escolar por el militar. Alejandro Tirado, José Torres Paz, Hortencio Santa Gadea y Grimaldo Amézaga tenían 15 años cuando perdieron sus vidas; a Biviano Paredes, huaracino de 16; Emilio Sandoval, de 14; y Manuel Bonilla, también de 15, los mató la explosión de una granada, según cuenta el periodista Gastón Gaviola en una investigación.

 

 

Estos pequeños imberbes, que muy poco entendían sobre la guerra, murieron en batalla defendiendo al Perú y hoy permanecen quietos en la plazuela del óvalo Higuereta con sus uniformes y pesados fusiles. Cuando usted se enfrente a bocinazos en estas calles de Surco, por el paradero Cabitos, voltee la vista hacia ellos y pregúntese si hubiese tenido una pizca del valor que a ellos les sobró.

 

Por Alejandra Travi

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