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El ultimo Reducto

19 de Diciembre de 2016

Directa, o indirectamente, a todos nos afecta el pasado. La historia nos erige o nos condena. Mucho más si se trata de capítulos traumáticos y que aún no han sido superados, como es el caso de la invasión chilena durante la Guerra del Pacífico. Si bien hoy la disputa con el vecino del sur se libra en el mercadeo y finanzas, algunas zonas de Lima aún conservan huellas que enaltecen derrotas y victorias.

 

Se les conoce como Reductos y hay diez en nuestra ciudad. Suelen ser jardines cercados y bien ornamentados, siempre con armamentos de la época que nos recuerdan cuántos peruanos cayeron en combate. Son conocidos los de Miraflores, Surquillo y Chorrillos, aunque muy pocos saben que también existe uno mucho más distante, en las faldas de los cerros de La Molina. Si hoy esa zona resulta poco accesible, imagínesela hace 134 años. Sí, hasta ahí llegó el ejército invasor.

Mariano Vargas, coronel peruano al mando de 340 soldados, se atrincheró en lo que hoy son los alrededores de Molicentro. El campamento estaba precisamente en la entrada de Rinconada del Lago, y todos estaban armados con viejos rifles Minié, muy poco eficaces ante los potentes fusiles Grass chilenos.

 

Poco antes de las 08:00 a.m, el coronel enemigo Orozimbo Barbosa llegó a Pampa Grande, hoy llamado La Planicie, con aproximadamente 2 mil hombres. El objetivo era fingir una invasión por el cono este de Lima, pero la verdadera intención era atacar Lima por el sur, precisamente desde San Juan de Miraflores, por donde bajarían a Chorrillos, luego Barranco, hasta llegar a Miraflores. Evidentemente, la segunda ruta era mucho más demoledora, ya que la Costa Verde permitía que los buques los apoyen desde el mar.

La Batalla de La Rinconada se inició a las 10:00 a.m y los peruanos fueron obligados a retroceder hasta la Hacienda Melgarejo, hoy sede central del Banco de Crédito del Perú. En ese momento Vargas pidió refuerzos a la reserva. Lamentablemente, la información llegó muy tarde y lo que empezó como un combate, terminó siendo una masacre. La última columna peruana, Pachacamac, solo pudo resistir dos horas más. Por la parte chilena, fueron once los caídos.

 

Como dato anecdótico, cuando la derrota era inminente, se decidió soltar a 300 toros de lidia, únicos en el Perú por aquel entonces, cuya estampida ahuyentó a los chilenos y los regresó a la zona central de la capital. De ahí en adelante la historia nacional es amplia conocida por todos.

Por Diego Espinoza

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